Eloísa Tejera
Una vida que comienza a temprana edad con hechos que marcan. Una adolescencia, en medio de una experiencia aberrante, que te introduce en un coma en vida. Como dice una canción es como que “vives hasta que mueres”.
Todo lo que puedas sentir está anestesiado, muerto en vida y envuelto en esas pesadillas de un ser invisible del que no te puedes liberar, esa presencia que te aterroriza en tu propia habitación sabiendo que estás soñando. Quieres gritar y no puedes, te mueves y alguien te amarra, todo está oscuro. Hasta que despiertas y vuelves al coma. Lo más triste es que realmente sabes lo que pasa, sabes que está ahí dentro de ti, pichándote pero no lo quieres ver. El corazón nunca te va a engañar, es eso que sabes que tienes que hacer.
Así viví muchos años en un coma profundo envuelta en pesadillas. Tratando de buscar un camino que ya estaba hecho. Y cuando tocas fondo, el dolor te desgarra, de alguna manera te hace despertar y sentir que estás vivo, que puedes cambiar el timón de tu vida y darle un giro tan radical pero necesario a la vez.
Escapé temprano de mi pueblo (Treinta y Tres), pensando en un futuro ser militar, ser alguien. Así me vine a terminar la secundaria a la capital y seguir la carrera militar. Eso me llevó a un pozo que parecía no tener fin. Creía que esa tenía que ser mi vida. En un momento donde sentí mucho dolor físico, toqué fondo y renuncié a todo eso.
Nadie lo podía creer, todos tenían una imagen muy distinta de mi interior. Estudiosa y aplicada, no pasaba de la frustración de no sentir nada ni poder querer a alguien. Quizá nunca me lo permití.
Cuando abandoné la carrera militar sabía que tenía que solucionar el problema, que por primera vez lo reconocía como tal. Antes me quedaba esperando esa solución milagrosa o ese príncipe azul de las películas.
Fue muy difícil intentar explicar y que los demás entendieran ese problema. Al principio fui a los métodos convencionales de la medicina: el ginecólogo y la psicóloga. Pero parecían como no querer escuchar la magnitud del problema, y cuando veían que no podían hacer algo tiraban la bolilla sobre otro especialista. Y así me cansé. Y siempre uno se pregunta por qué a mí. Y creo que no es una cuestión de ego, es una prueba de la vida para salir adelante. Y no es peor o mejor que otros sufrimientos, uno siempre tiende a comparar el dolor. El sufrimiento no es algo que pueda cuantificarse ni compararse; es muy distinto dentro de cada uno, el tema está como se vive, cómo se enfrenta.
Así elegí otra profesión, me inserté en la vida cotidiana, en la facultad. El primer año no sabía mucho que rumbo tomar, hacía ejercicio, salía. Quería hacer algo más con mi cuerpo que ir al gimnasio, quería hacer algo de arte marcial. Buscaba seguridad, me creía fuerte en lo físico. Hasta que descubrí una escuela de arte marcial modesta. Pregunté qué se necesitaba para empezar y un señor que pareció medio antipático (Enrique) que me atendió, me dijo “voluntad”, como con un aire de tibieza a la vez. Y comencé entonces a practicar primero Tai Chi y luego Kung Fu y Chi Kon. A partir de acá, otro punto de quiebre sacudió mi vida: desperté del coma y fue como haber caído de la cama; empecé a sentir un mar de emociones, a llorar como nunca antes, a reír y a compartir cosas inolvidables.
A más de un año de estar practicando me doy cuenta de que realmente vivo y que estoy despierta. Es un proceso y lleva su tiempo. Cuando uno crea tanta coraza, empezar a romperla duele y se sienten todos los errores uno por uno.
Enrique es sin dudas una gran persona, que me ayudó y siempre está ahí. Él no necesitó ningún estudio, ningún examen de nada para saber; tan solo con que me acercara y le hablara, él ya sabía. Un gran valor de la medicina china: la voluntad. Me tiró la soga allá al fondo del aljibe. Me demostró que sí se puede salir y concentrarse en lo que uno quiere; que el corazón nunca miente y solo nosotros torcemos su sentir; y que el valor de la sinceridad no daña y abre caminos de certezas.
Un grupo humano que conforma toda la escuela, que todos por alguna razón estamos ahí construyendo una forma de vida. Doy gracias a todo esto, de alguna manera llegué hasta acá. La vida es hermosa, es para vivirla ahora en el presente. No es para atormentarla con el pasado ni para anticiparla con el futuro.
Mis más sinceros cariños y profundo agradecimiento a toda la Escuela.
Eloísa Tejera.

